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Vejez, enfermedad y muerte

24/09/2013

Vejez, enfermedad y muerte

por Leonardo Strejilevich

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Marguerite Yourcenar

(1903 – 1987)

Este texto está inspirado y parafraseado en  parte de “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar en traducción de Julio Cortázar

“Lo trágico de la existencia es que la significación de lo que vivimos no se determina más que a último momento, en la muerte”
“Je marche à  la mort, comme le moteur marche à l´essence”
( Yo ando con la muerte del mismo modo que un motor anda con combustible”
Jacques Derrida 

Es triste y no lo bastante ir a ver a mi médico a esta edad tan avanzada. Habíamos convenido que nos íbamos a encontrar en su consultorio en horas de la tarde. Llegué mucho antes de la hora acordada dada mi antigua ansiedad y el carácter obsesivo de mi personalidad. Cuando me tocó mi turno de consulta me apresuré en la medida de mis posibilidades a despojarme de la ropa y tenderme a lo largo de la camilla de examen clínico.

Es difícil seguir siendo soberbio, petulante y engreído ante un médico a cualquier edad y más aún a la mía. El ojo de mi médico veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y sangre en el cuerpo de un hombre que envejece cada día más y se prepara a morir. Mi médico quedó alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de mis enfermedades y achaques y pronto se dispuso a descargar la culpa en todos aquellos médicos que me asistieron durante sus ausencias y a mis desobediencias y falta de compromiso y responsabilidad en el cumplimiento de sus indicaciones. Me di cuenta que ese compañero fiel que era mi cuerpo me estaba abandonando; ese amigo fiel y mejor conocido que mi alma no es más que un monstruo solapado que habrá de devorarme. Nunca pude convencer a mi médico que amo a mi cuerpo que siempre me ha servido bien y que nunca le escatimé los cuidados necesarios pero que ya no responde a las virtudes maravillosas de los medicamentos y remedios y sin embargo mi médico insiste y abunda en vagas fórmulas de aliento y optimismo demasiado banales para engañarme; sabe muy bien cuánto detesto esta clase de impostura pero comprendo que hace mucho que ejerce la medicina, ha sido siempre un buen servidor y hace esfuerzos por disimularme la muerte; todo enfermo es un prisionero.

No hay que vivir  sin procurarse momentos en paz para pensar en la propia muerte. Pensar en la muerte mejora la vida porque te hace más consciente del tiempo transcurrido y del tiempo que no hay que perder. Pensar en la muerte significa pensar más allá de lo tolerable. La reflexión sobre la propia finitud es una condición que podríamos pedirle a todo nuestro prójimo y tal vez así seríamos mejores personas.
Sabemos que en el fondo nadie quiere morir, pero necesitamos también la imagen de alguien dispuesto a sacrificarse y entregar su propia vida por altruismo, profundas convicciones, desesperación y desgana. Ninguna muerte tiene mensaje porque nadie quiere morir. Tengo que apurarme, no sé para qué, porque soy irreversiblemente viejo y puedo olvidar casi todo sin haber transmitido lo que se antes de morir. La muerte es sólo una palabra para la gente joven.

La comunicación y el intercambio con las demás personas se produce durante cierto tiempo y luego se desvanece; cuando llegamos a viejos lo que hubiéramos podido aprender ya está aprendido aunque se puede seguir aprendiendo; lo que éramos capaces de decir ya está dicho. Nuestras fantasías de interpretación nos acompañan desde siempre y justifican nuestros comentarios; las restauraciones de lo pensado son irreparables; la belleza se aleja, la autenticidad también.

La vida humana es un diagrama de líneas sinuosas que se fugan hacia el infinito, constantemente próximas y divergentes; un hombre es la suma de lo que ha creído ser, de lo que ha querido ser y de lo que realmente fue. Hasta el hombre más apasionado por la verdad o la exactitud y menos convencional tiene dudas, repliegues, rodeos.

Los seres humanos no somos los únicos que miramos cara a cara un inexorable porvenir ante nosotros; sólo es por orgullo, por grosera ignorancia, por negligencia o necedad que nos negamos a ver el presente como realmente es y vislumbrar razonablemente el futuro.

La sustancia, la estructura humana apenas cambian; el tiempo a cierta altura de la vida no cuenta, la distancia entre los tiempos puede reducirse a nuestro antojo.

Desconocer la existencia de grandes fronteras que separan, de persona a persona, de siglo a siglo, la infinita variedad de los seres, o por el contrario dar demasiada importancia a las simples, caóticas y rutinarias oficinas administrativas de los servicios sanitarios y sociales que atienden a los viejos y protestar hasta el final por las magras asignaciones que el estado nos ofrece para mal subsistir es fatigoso e inconducente.

Me felicito de que mis enfermedades y achaques me hayan dejado mi lucidez hasta el fin pero acaso deberé pasar la prueba de la extrema vejez, de conocer su endurecimiento, esa rigidez, esa sequedad, esa atroz ausencia de deseos.

Soy viejo y mi paciencia ha aumentado y da sus frutos, sufro menos y la vida por momentos se vuelve casi dulce. No me enojo con los vecinos y con los médicos, me faltan fuerzas para los accesos de cólera de otros tiempos; mucha gente que todavía quiero ha abusado de mi confianza pero no los culpo ni castigo; el porvenir del mundo no me inquieta y no es que confíe más en la justicia o en la cordura del hombre. La vida es atroz, y lo sabemos. Espero poco de la condición humana dados los antecedentes de la inmensa acumulación de males, fracasos, incuria y error, catástrofes y ruinas, desorden, guerras. Sin embargo hubo y habrá períodos de felicidad, de progresos parciales, de paz, de orden; las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán siempre el sentido primitivo que hemos tratado de darles.
Si algunos años vinieran a agregarse a los pocos días que me quedan, volvería a hacer las mismas cosas y hasta incurriría en los mismos errores, frecuentaría los mismos caminos aunque sean los mismos infiernos;  estos son buenos argumentos en favor de la utilidad de la muerte, pero al mismo tiempo me hace dudar de su total eficacia.

Me ha vuelto la facultad de soñar que estaba amortiguada desde hacía años; los incidentes de la vigilia parecen ser menos reales y menos inoportunos que mis sueños.

Estoy encerrado como viajero en el enfermo que soy y me intereso por la muerte que representa una partida. Imagino que la muerte está hecha  de la misma manera confusa y fugitiva que la vida; desconfío absolutamente de todas las teorías de la inmortalidad; el sistema de retribuciones, penas y culpas me dejan frío e indiferente.

La meditación de la muerte no enseña a morir y no facilita la partida; pero ya no es facilidad ni nada lo que busco. Si poseo un alma no estoy seguro; sólo se que soy una triste masa disuelta a medias, un saco de males, deseos y ensueños, no soy más sólido ni más consistente que una sombra; sólo me diferencio de los muertos en que me está dado respirar todavía un momento más.

La vejez y la muerte tan cercanas agregan majestad y prestigio a mi persona aunque los hombres se apartan calladamente a mi paso; las alegrías de la amistad casi no existen para mí; me respetan demasiado para amarme.

La existencia me ha dado mucho y he sabido extraer mucho de ella pero a estas andaduras me parece que no tiene ya nada que ofrecerme pero no estoy seguro de que nada me queda por aprender de ella; escucharé sus instrucciones hasta el fin. Toda mi vida he tenido confianza en el buen sentido de mi cuerpo y he tratado de saborear con mesura las sensaciones que ese amigo me procuraba. No rehúso la agonía que me corresponde, ese final lentamente elaborado con la coloratura de mi temperamento, preparado poco a poco por todos y cada uno de mis actos en el curso de mi vida. La hora de la impaciencia ha pasado; en el punto en que me encuentro, la desesperación es de tan mal gusto como la esperanza; he renunciado a apresurar mi muerte.

Estoy de acuerdo y acepto morir pero sin tantos sufrimientos; la enfermedad nos hace sentir repugnancia por la muerte y queremos sanar, lo que es una manera de querer vivir. Pero la debilidad, el sufrimiento, las mil miserias corporales, no tardan en privar al enfermo del ánimo para remontar la pendiente, las fuerzas flaquean y entramos en la perpetua espera de la próxima crisis y del final anunciado.

Un hombre tiene el derecho de decidir en que momento su vida cesa de ser útil, es entonces en que la muerte puede convertirse en el objeto de un ciego ardor, de una avidez semejante al amor por esto es tan frecuente el suicidio de los viejos. Se puede vivir mal y entrar en un combate sin gloria encontrándose con el vacío, la aridez, la fatiga, la repugnancia de existir que culmina con el deseo de la muerte.

Toda la verdad no figurará en las biografías oficiales y será mentira lo que se inscriba en las tumbas. La aventura de mi existencia como la de todos tiene que tener un sentido, un proyecto, un propósito sino el transcurso del tiempo no hace sino agregar un vértigo más a la desdicha si bien el dolor se decanta, la desesperación se purifica, el remordimiento de los errores se acrecienta, el cuerpo envejece y se sufre.
Nada es más lento que el verdadero nacimiento de un hombre y nada más rápido que su final. La vejez tiene una de esas raras ventajas que es la posibilidad de quitarse la máscara en todas las ocasiones.

Tengo hijos y nietos y esto me hace feliz pero otros viejos como yo no tienen hijos y no lo lamentan y no se entregan a esa nostalgia que llamamos melancolía del deseo; esa vana nostalgia descansa en hipótesis dudosas tales como que un hijo nos sucede necesariamente o que realmente merecemos tener sucesión. Uno puede emplear lo mejor posible sus virtudes y habilidades, sacar buen partido de los vicios, pero no tener interés en legarlo a alguien; no es la sangre lo que establece la verdadera continuidad humana; la mayoría de los hombres notables de la historia tuvieron descendientes mediocres.

La enfermedad tiene una extraña semejanza con la guerra y el amor, sus compromisos, sus vericuetos, sus exigencias, esa amalgama tan extraña como única producida por la mezcla de un temperamento y un mal. Cada vez que me sentía enfermo pero algo mejor le quería ganar en astucia a mi cuerpo para imponerle mi voluntad aunque siempre debía ceder prudentemente a la suya, ponía en esa tarea tanto arte y esfuerzo como el que aplicara mucho tiempo atrás a ampliar y ordenar mi universo, construir mi propia persona y embellecer mi vida.
La agonía, mi propia agonía, así sea breve no puede explicarse como todas las experiencias del cuerpo, es indecible y mal que nos pese sigue siendo el secreto del hombre que la ha vivido.

Me repito con frecuencia que es vano esperar la eternidad que no ha sido acordada a los hombres ni a las cosas y que más sabios que yo la niegan. Las formas complicadas que tiene la vida, los refinamientos del arte y la felicidad, la libertad espiritual que se desea, dependen de probabilidades tan innumerables como raras, de condiciones casi imposible de reunir y cuya duración no cabe esperar.

Como dije, durante toda mi vida me había entendido bastante bien con mi cuerpo contando con su docilidad y su fuerza pero aquella alianza está al borde de disolverse, mi cuerpo ya no forma una sola cosa con mi voluntad, con mi espíritu; mi inteligente camarada de hace años ya no es más mi esclavo y pone mala cara ante cualquier esfuerzo o trabajo que haga. Siento ahora en el pecho la sensación de miedo, una opresión sin pausa, el insomnio me atormenta y me despierto muchas veces en la noche horriblemente angustiado; cuando me siento es como si me desplomara y levantarme me demanda un esfuerzo para el cual tengo que prepararme por adelantado; el menor gesto se convierte en fatiga; los brazos y las piernas me pesan como si estuviera exhausto. Es cierto, la naturaleza nos traiciona, la fortuna cambia y Dios mira las cosas desde lo alto sin verme.

Hace tiempo había perdido mi gusto por las ideas y las relaciones nuevas, ya no tengo la flexibilidad intelectual que me permitía asociarme al pensamiento ajeno y aprovecharme de él a la vez que lo juzgaba; mi antigua curiosidad ha desaparecido y sólo la ejerzo actualmente para cosas fútiles y para resolver algunos problemas menores de la vida diaria.

Esta instancia me tiene sumido en profunda tristeza por haber comprobado que en el seno de nuestro mundo, pese a todos los esfuerzos, sigue mostrándose duro e indiferente a las penas y a las esperanzas de los hombres; a los desventurados les cuesta mucho conseguir un punto de apoyo y una confortación. Los ejercicios intelectuales propios y ajenos no pasan de bordados en el vacío, veo una creciente vacuidad que no se si atribuir a una disminución de la inteligencia, a una decadencia del carácter, a la mediocridad espiritual y a la falta de valores; veo en muchas partes asombrosa violencia y bajeza del alma.

Siempre traté de poner energía y buena voluntad para hacer cada cosa pero me he visto forzado a tropezar demasiadas veces con el acaecer fortuito y fatal, con un torrente de sucesos confusos que no admitían previsión, una dirección o un juicio.

Los hombres alzamos débiles defensas contra la muerte y la consideramos un mal inevitable recordando que ni la belleza, ni la juventud, ni el amor, escapan a la podredumbre y por fin la vida es un cortejo de males más horribles que la muerte, por lo cual parece preferible perecer que llegar a viejo. Estas afirmaciones nos mueven a la resignación con tonalidad de desesperación. Otra postura es negar la muerte; sólo el alma cuenta dando por sentada su inmortalidad; el alma vaga entidad que jamás hemos visto funcionar en ausencia del cuerpo y que nadie, hasta ahora, ha probado su existencia. La inmortalidad de la especie humana se considera un paliativo de la muerte de cada hombre, pero poco me importa que las generaciones se sucedan hasta el final de los tiempos sin mi presencia aunque quedara alguna huella de mi persona en esa larga historia. El hombre se apasiona en desdeñar los hechos en beneficio de las hipótesis y no reconoce sus sueños como sueños. La muerte es olvido, la memoria de la mayoría de los hombres  es un cementerio abandonado donde yacen los muertos que aquéllos han dejado de honrar y de querer.

Cuando somos jóvenes, la vida y la muerte son igualmente embriagadoras y fáciles; se muere a cualquier edad y tantas veces irresponsablemente hice abuso de las palabras hablando de morirme de sueño, de morirme de hastío sin entender la palabra agonía, duelo, pérdida, muerte.

Cada hombre está obligado, en el curso de su breve vida, a elegir entre la esperanza infatigable y la prudente falta de esperanza, entre las delicias del caos y las de la estabilidad, entre el Titán y el Olimpo, a elegir entre ellas o acordarlas alguna vez entre sí.

Parte de nuestros males no provienen de nuestra finitud inexorable sino que, entre otras cosas, hay demasiados hombres vergonzosamente ricos o desesperadamente pobres; un inteligente reajuste económico del mundo está todavía por hacerse. Los cambios reales o supuestos de nuestras sociedades han modificado muy poco la licencia de nuestras costumbres, nuestra eterna mojigatería, la debilidad de nuestra pretendida fuerza, las formas de servidumbre tan malas como las antiguas pero más solapadas, la impronta inconfesable que logre transformar a los hombres en máquinas estúpidas y escasamente satisfechas, creídas en su libertad en pleno sometimiento o el horrible estado que pone a un hombre a merced de otro a veces reglado por la ley; un día Atlas dejará de sostener el peso del cielo y su rebelión conmoverá la tierra.

Los hombres tenemos servidumbres inútiles, desgracias evitables e innecesarias y siempre tendremos males verdaderos como la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida o traidora, la mediocridad de nuestra propia vida por falta de proyectos, sueños y utopías.

Hay un momento en la vida en que el ser humano se abandona a su demonio o a su genio, siguiendo una ley misteriosa que le ordena destruirse o trascenderse.

Cuando estamos embriagados de vida no prevemos la muerte; ésta no existe y la negamos con cada gesto. Hoy ya viejo consagro un pensamiento de cada dos a mi propio fin viendo mi cuerpo gastado y entregado a lo inevitable y además con una mezcla de reserva y audacia, de sometimiento y rebelión cuidadosamente concertados, de exigencia extrema y prudentes concesiones, he llegado finalmente a aceptarme a mí mismo. Cuando rememoro mi juventud tan alabada y añorada se me presenta como una época mal desbastada de mi existencia, un período opaco e informe, huyente y frágil. Cada uno decide, vive y muere conforme a sus propias leyes y si se es viejo uno está sumergido en la indiferencia ante los sucesos presentes y futuros pero una parte de mi vida o de cada vida así haya sido insignificante trata de buscar las razones de ser o haber sido, los puntos de partida, las fuentes.

Hice grandes esfuerzos  y me obligué a llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré forzado a vivir hasta el fin, pero pese al conocimiento y la familiaridad que tengo conmigo mismo mi autoconocimiento es oscuro, interior, débilmente formulado, secreto.

Siempre es enojoso oír hablar o leer cosas tristes como las presentes; nuestra inteligencia sólo deja filtrar hasta nosotros un magro residuo de los hechos; ya desempeñé mi papel en los negocios humanos, no me niego a admitir mi propio fin y como considero que soy un hombre sensato debo ser dichoso hasta mi muerte.

por Leonardo Strejilevich

     
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