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Disconformismo social, inadaptación y revolución

04/04/2014

Disconformismo social, inadaptación y revolución

Las situaciones de cambio que se viven pueden producir marcadas asincronías y retrasos en lo social. Si no se cubren las carencias de las personas en la medida de las posibilidades surgen inconvenientes, anomalías costosas de superar en distintos terrenos, grupos sociales y generaciones enteras; queda amenazada la estabilidad social y el medio social queda anclado en la pobreza, la desesperanza y la violencia.

Cuando el mundo y la organización social se deterioran aparece el disconformismo social, la inadaptación y la violencia.

Si la juventud se siente herida, reacciona y provoca atropellos; si es la ancianidad la excluída, ella muere en la resignación y el anonimato.

Una parte de esta cuestión es el modelo y la escala de valores que deviene en la conducta social; la otra, radica en la propia organización social y en el apoyo de las instituciones.

Las nuevas necesidades y exigencias del medio social deben ser contempladas, admitir su vigencia, proyectarlas y responder planificada y operativamente a sus soluciones.

La objetividad del análisis se logra mirando “de abajo hacia arriba” aunque la planificación responderá operativamente de “arriba hacia abajo”.

Pues entonces, hay que comenzar por la gente; detectar de dónde provienen, cómo viven, cuáles son sus problemas, cuáles sus necesidades sentidas, cómo se fundamentan sus conductas y necesidades a través de sus motivaciones.

Es bueno aventurar, racionalmente, cómo puede responder la demanda ante un plan o un programa social y cómo se puede lograr su participación para lograr la mejor promoción.

No es bueno considerar a la demanda social con la apreciación de “masa”. “Masa es un agrupamiento colectivo, elemental, espontáneo, que tiene dos elementos: en primer lugar está constituído por un gran número de personas de extracción social heterogénea y ubicadas psicológicamente en situación pasiva y receptiva y, por otro lado, con un anonimato y aislamiento de sus componentes individuales y un mínimo de interacción entre ellos” (Miguens).

La expresión numérica, cantidad de gente que forma la masa, no da idea de los extremos de las necesidades, los paréntesis vacíos de la realidad social individualizada, la disfuncionalidad frente a la vida que es heterogénea y personal; la realidad pasa inadvertida.

Los integrantes de la masa entran en colisión, se friccionan, se desgastan, pierden sus partículas y si no se las contiene socialmente quedan rodando rezagadas.

“Si se esconde la realidad y con ello la verdad, se favorecen importantes falacias que tienen en su propio estímulo un efecto multiplicador negativo” (Gioja).

Los estereotipos, las idealizaciones, los slogans, la información de lo social superficial y sin contenido no ayuda a la gente, tiene una función narcotizante y encubre la inoperancia de quien propone las soluciones que, muchas veces, nunca llegan.

Las siguientes palabras nos ayudarán a entender las variadas formas en que se expresan el disconformismo social y la inadaptación de la sociedad ante ciertos hechos:
Revolución. Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación; inquietud, alboroto, sedición.

Protestar. Expresar impetuosamente queja o disconformidad.
Rebelión. Delito contra el orden público, penado por la ley ordinaria y por la militar, consistente en el levantamiento público y en cierta hostilidad contra los poderes del Estado.
Sedición. Alzamiento colectivo y violento contra la autoridad, el orden público o la disciplina militar, sin llegar a la gravedad de la rebelión.

Turbamulta. Multitud confusa, desordenada y la más de las veces violenta, destructiva y depredadora.
La revolución política y social, como concepto restringido, se refiere a la caída del orden existente y el desplazamiento de las clases dirigentes, con el objetivo de realizar cambios radicales de tipo institucional, económico, social, jurídico y cultural. El concepto extendido de revolución comprende las revoluciones científica, industrial, artística, de las costumbres…

El golpe de Estado, el estallido social o la rebelión no son revoluciones. La revolución implica el derrumbe súbito y violento de un régimen y la toma del poder por una nueva elite política.

La revolución de los Países Bajos contra España en 1568, la inglesa de 1642, la norteamericana de 1776, la francesa de 1789, la rusa de 1917, la china de 1911, 1949 y 1966 y tantas otras  generaron la transformación del modo de producción feudal al modo capitalista con la sustitución de la nobleza terrateniente por la burguesía industrial y comercial.

Las revoluciones suelen ser procesos largos o muy largos en los que se debe luchar para contrarrestar la obstinación por la permanencia de las clases desplazadas y lograr la conquista y aceptación de la mayoría del pueblo.

La revolución visible o el acto revolucionario van precedidos por un proceso silencioso y secreto tanto que la mayoría se asombra ante su aparición y sus resultados.

Muchas revoluciones tuvieron el propósito de destruir un orden viejo creando uno nuevo pero otras quisieron retomar un estado anterior más justo que el presente; éstas revoluciones no cambiaron nada y giraron alrededor de su propio eje.

Las revoluciones burguesas o liberales no fueron revoluciones sociales sino políticas,
La definición y la validación de una revolución no está dada por sus protagonistas así sean mártires o héroes sino por los objetivos que se defienden.

En general, la burguesía se mantiene en un plano secundario, la pequeña burguesía toma para sí la representación política y la lucha en las calles la protagoniza la clase baja.

Las causas estructurales de las revoluciones son varias: el sistema vigente está agotado y es incapaz de brindar posibilidades de desarrollo; el poder ha perdido legitimidad; el poder ya no puede imponer autoridad y se mantiene por el uso de la fuerza; la sociedad se resiste a seguir padeciendo y hay una sensación generalizada de desencanto.

Las revoluciones comienzan con un estallido social súbito con manifestación multitudinaria que es reprimida por las “fuerzas del orden” y ocasiona una ola de violencia en cadena.

Si la revolución es una obra de minorías no es una revolución sino un golpe de estado. Las verdaderas revoluciones suman amplios sectores de la sociedad, de clases distintas con intereses también distintos o aún opuestos pero todos coinciden en la necesidad de derrocar al régimen vigente; las masas populares luchan en las calles y se enfrentan con las fuerzas armadas; casi todas las revoluciones han sido urbanas excepto la que se originó en el campo en tiempos de Mao.

El sentimiento revolucionario es inestable, ocasional y se agota fácilmente. La mayoría de las revoluciones son reformistas y se comen a sus propios hijos; cualquier sociedad es ingobernable en un estado de revolución permanente.

En las revoluciones las masas populares tienen una tendencia a obrar espontáneamente sin la intervención o dirección de los partidos políticos ni de grandes líderes; suelen organizarse como democracias directas, autodirigidas con sus propios representantes electos.

Actualmente en muchos países y también en el nuestro el sistema de partidos políticos está en crisis y por ello surgen movimientos civiles o sociales espontáneos y apartidarios teniendo como objetivo reivindicaciones específicas y particulares.

Las revoluciones no sólo tienen que luchar con la contrarrevolución de sus enemigos externos sino también con sus propias contradicciones internas (= internismo).

Después de un tiempo, casi siempre, surge el desencanto postrevolucionario porque se alentaron excesivas utopías y quimeras soñando con una realidad de libertad, igualdad y armonía.

Existe el terrorismo revolucionario que es jacobinismo puro donde una minoría que se considera de vanguardia impone el terrorismo de estado cuando toma el poder aduciendo que con ello defiende, impulsa,  profundiza la revolución y se autoconsidera como el grupo de poder más radicalizado, más democrático, más popular, más antioligárquico y justifica el terror por el permanente complot en ciernes.
El terrorismo siempre es el resultado de la lucha por el poder entre fracciones y también sirve para mantener en estado de ebullición a las masas populares aunque nunca calman los profundos resentimientos del pueblo por los males que experimentan.

Nunca falta la persecución y la exclusión de todo tipo de aquellos que piensan diferente y nada detiene la afectación negativa de científicos, intelectuales, artistas y esto viene de muy lejos y no es ninguna novedad; en la revolución francesa el químico Lavoissier fue guillotinado, su laboratorio asaltado y destruído, el tribunal que lo juzgó apresuradamente se basó en que “la República no tiene necesidad de sabios ni de químicos”. Tampoco faltan el adoctrinamiento público, el lavado de cerebro, la cárcel a largo plazo, la censura, las torturas y la muerte misma si se considera necesario.

Las grandes concentraciones humanas convocadas por los líderes o el poder político suelen tener espíritu festivo con una propuesta de mundo nuevo; esto atrae a los jóvenes, a los intelectuales, a los bohemios y a los desocupados que juegan a una aventura romántica, casi divertida y con catarsis ética. Las pasiones colectivas son fugaces y no saben envejecer.

Cuando al sistema se le oye crujir los dirigentes hábiles comienzan a conceder para que el sistema pueda sobrevivir; así surgieron los primeros programas de asistencia social con Bismarck en Alemania, Napoleón III en Francia y Disraeli en Inglaterra coincidiendo con la inclusión de la clase trabajadora en la sociedad y la organización de los sindicatos.

El viejo Aristóteles (384-322 a C.), filósofo y científico griego, considerado, junto a Platón y Sócrates, como uno de los pensadores más destacados de la antigua filosofía griega y posiblemente el más influyente en el conjunto de toda la filosofía occidental se expresó en su obra “La Política” en el capítulo “De las revoluciones y de los cambios ocasionados por sediciones en los Estados republicanos” (Libro octavo) más o menos del siguiente modo: la distribución de los empleos en forma injusta, las riquezas y los honores adquiridos sin razón justificada, sin título alguno y sin ningún derecho; el ultraje, el temor, la superioridad de los menos, el menosprecio, el desproporcionado crecimiento de una parte del Estado, intrigas, negligencias, diferencias de costumbres, la violencia, la codicia de los que gobiernan satisfecha a costa de los particulares o a expensas del Estado, la excesiva preeminencia de uno solo o varios miembros de un gobierno; todo esto lleva a la sublevación. La democracia es más estable y menos expuesta a revoluciones que la oligarquía, la aristocracia o la tiranía. El pueblo no se rebela jamás contra sí mismo; los que aspiran a la igualdad se agitan, si a pesar de la igualdad de derechos se creen inferiores en algún concepto a cierta clase privilegiada y también si los partidarios de la desigualdad y el privilegio si suponen que no tienen en el poder más parte que los otros, es decir, los que estando en situación inferior aspiran a la igualdad; los que siendo iguales pretenden ser superiores. Las revoluciones surgen, no por cosas pequeñas, sino por pequeñas causas; el objeto de ellas siempre es importante, aunque las causas determinantes sean minúsculas. Todas las causas, por mínimas que sean, cuando se rozan con los jefes de Estado o con sus intereses, adquieren verdadera gravedad. Las discusiones entre los personajes más notables se transmiten al pueblo por entero y acaloran a todos los ciudadanos. No hay nada duradero como no se funde en una igualdad proporcional, conservando cada uno el goce de lo que le pertenece. Las democracias se conservan, no por su principio mismo de estabilidad, sino por el buen empleo que dan los magistrados a los recursos de la república. Nadie puede agrandar desmesuradamente su fortuna sin que las magistraturas se resientan, pues son pocos los hombres que soporten la prosperidad. Importa pues que se impida a todo ciudadano el hacerse demasiado poderoso por su influencia, por sus amigos o por su fortuna y conviene ponerse en guardia contra los que viven en el seno de la abundancia, de la prosperidad y de la dicha. Sea cual fuere la forma de gobierno, lo mejor es que todo esté ordenado por las leyes y por el conjunto de las instituciones, de manera que a los magistrados no les sea posible servirse de sus funciones en beneficio propio. La multitud se irrita al pensar que los magistrados se enriquecen a su costa robando los fondos públicos; porque en tal caso tiene que lamentar dos cosas: no participar ni de los honores ni del provecho. Una alteración cualquiera en la legalidad o en la administración de justicia, en la que algunas veces no se repara lo bastante, es suficiente para que haya un desencuentro y hasta una revolución. El comienzo de un gobierno es la mitad del todo; un pequeño error al comenzar influye en todo lo restante. El más fuerte motivo de desunión y de disentimiento se halla en la virtud y el vicio, en la riqueza y la pobreza. También hay revoluciones cuando una parte del Estado adquiere un crecimiento desmedido o aumenta en él el número de ricos y las fortunas particulares crecen. En todas partes la desigualdad entre los miembros del pueblo produce bronca y confrontaciones; tiene siempre que haber compensaciones proporcionales para los que no tienen privilegios. El restablecimiento de la igualdad es, generalmente, el objeto de todas las revoluciones, aunque es difícil establecer una u otra igualdad (en número y proporcional) de una manera absoluta. La perversidad, la insolencia y la corrupción de los políticos en el poder irritan y desconciertan a la multitud. Cuando todos los poderes se concentran en manos de muy pocos hombres; cuando hay rivalidad entre los asuntos privados y los negocios públicos; cuando unos gozan de excesiva opulencia y otros viven miserables; cuando no hay derechos políticos igualitarios; cuando aspiramos a obtener siempre ventajas a nuestro favor; cuando no advertimos las degeneraciones propias de cada especie de gobierno; en estos y otros casos conviene atajar en su origen los disentimientos peligrosos; pero descubrir el mal desde que nace o preverlo con anticipación, no son cosas que estén al alcance de cualquiera; eso es privilegio de los honestos, lúcidos, pacientes y talentosos hombres políticos.

La Argentina como sociedad ha soportado cíclicamente desde 1930 (sin contar los desencuentros y luchas fratricidas previas a nuestra organización nacional en términos políticos) períodos de subversión sofocados por sucesivas represiones más o menos cruentas. Muchos de estos ciclos coinciden con modelos venidos desde afuera y que han procurado imponerse dentro del marco de los valores y del sentimiento de nuestra sociedad. Cuando la sociedad no ha podido internalizar y aceptar el modelo impuesto, a poco andar, ha generado a través de su propio impulso reacciones de rebeldía. Por otra parte, la Argentina no ha logrado desde su organización política democrática convenir y consolidar un modelo de convivencia y de contrato social aceptado mayoritariamente, que estabilice la sociedad y que le permita desarrollarse a largo plazo. La identidad nacional no se logra a partir de modelos impuestos sino a través del reconocimiento individual, grupal y social con un proyecto de vida comunitario que permita la asociación de lo colectivo con el respeto por la individualidad. Sólo dos intentos de modelo nacional, hasta ahora, se reconocen en nuestro país: 1) el proyecto nacional de la generación de 1880 y 2) el proyecto nacional soberano e independiente de 1945. Los valores de la sociedad y sus expectativas no se pueden conculcar a largo plazo; inexorablemente surge un nuevo orden subvertido a los moldes impuestos por lo general por una masa crítica, no mayoritaria de la sociedad, representada por la fuerza. El reclamo por la equidad y la justicia social es un mandato bíblico; cada vez que estos principios dejan de ser observados por el poder; la sociedad se subvierte, se rebela y utiliza todos los medios a su alcance para reinstalar esos valores. Cuando más grave, dolorosa y criminal es la represión ejercida sobre la sociedad más tarda esta misma sociedad en recuperarse y mostrar la resurrección de sus inquietudes soterradas y ocultas. El miedo a la muerte, el miedo al uso prudente de la libertad, la falta de compromiso con el prójimo, el exceso de individualismo, la pérdida del altruismo; la parálisis de la movilidad social hace que se sobreviva como se puede, no se reclaman derechos, no se cambia, no se resiste. Las heridas, los traumas, la culpa, la perplejidad de los sobrevivientes de la subversión y de la represión no son nada fáciles de curar por eso se sigue sufriendo por generaciones enteras; la memoria histórica de los pueblos y el inconciente colectivo superan con creces  la capacidad de olvido y hasta del perdón.

Estas condiciones, si no son superadas, canalizadas y aún readaptadas a un contexto histórico y social actualizado inducen a la muerte civil de la sociedad; los más se adaptan, consienten y resignan; otros se exilian hacia adentro o hacia fuera buscando, permanentemente la patria perdida. La desesperanza es el veneno de la dinamización, el proyecto, el futuro, la propuesta. Para los más fuertes, puede ser la inyección vivificante para el cambio.

por Leonardo Strejilevich

     
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