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Banalización de la sociedad y la cultura

13/05/2013

Banalización de la sociedad y la cultura

Mario Vargas Llosa acuñó el término banalización en su libro “La civilización del espectáculo” (2012) y lo aplicó a la cultura actual

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Universidad de Salamanca
Biblioteca – Sexto emblema

Banal es algo trivial, común, insustancial (DRAE); es lo vulgar, lo sabido por todos, lo  que carece de importancia y novedad, lo que es ordinario, de baja calidad y en general inútil.
Mario Vargas Llosa acuñó el término banalización en su libro “La civilización del espectáculo” (2012) y lo aplicó a la cultura actual que parece diluirse en medio de una trituradora que es el consumo veloz por parte de la sociedad.
Hoy se puede despojar de identidad a cualquiera muy fácil y rápidamente sin tomarse el arduo trabajo de transculturalizar a las sociedades humanas por parte del poder dominante representado históricamente por los emprendimientos coloniales de los viejos imperios; podemos imponer otra identidad totalmente distinta a muy bajo precio.
El hombre es un animal óptico y millones de espectadores se nutren permanentemente de imágenes abandonando la lectura y creyendo ingenuamente que la imagen puede sustituir a la palabra.
La palabra, el lenguaje, el idioma es la herramienta que no se puede sustituir para pensar, es el pensamiento mismo. La palabra hay que traducirla, darle significado, convertirla en conceptos, ideas, pensamiento abstracto y simbólico. La imagen suele ser más  atractiva porque afecta fundamentalmente a la inteligencia emocional, promueve sentimientos en forma directa y eficaz, desata los instintos pero no la razón, crea espectadores conformistas y pasivos, alejan el espíritu crítico.
Las pantallas deben convivir con los libros y abandonar la estéril disputa actual acerca de libros en papel si/no y libros electrónicos si/no.
El progreso tecnológico ha traído indudables beneficios pero, al mismo tiempo, ha creado un gran vacío en que la cultura se transforma en entretenimiento pasajero; es la contracara de la reflexión erudita que suele ser oscura con pretensiones de profundidad.
Estamos utilizando en nuestra tierra pocos términos de un vocabulario y de un idioma muy rico como el nuestro que cada vez se empobrece más y más. Nada se puede expresar si no se tienen palabras; ya dijimos que no se puede pensar.
El acto de leer y entender lo que se lee es el verdadero y único camino hacia el conocimiento y tal vez la sabiduría. Como dice Harold Bloom, la elemental expresión verbal de la oración para los creyentes debe enriquecerse siempre con la lectura y reflexión de los textos de Yahweh del Viejo Testamento, del Jesús del Evangelio según Marcos y del Allah del Koran.
Grandes mayorías están actualmente interconectadas y son interdependientes pero esto se procesa y comunica en miles de lenguas, de tradiciones y estilos culturales con archivos de memoria diferentes.
La globalización marcha velozmente, la vida se ha tornado incierta, desigual, difícil, caótica, las  soberanías locales territoriales se están desgastando rápidamente, la angustia y la depresión humana alcanza cotas de magnitud aterradora, la fluidez, la fragilidad y la incertidumbre de las perspectivas individuales y sociales aumentan, la concepción cíclica y lineal del tiempo está desapareciendo y siendo reemplazada por una serie desordenada de momentos que deben ser aprovechados al máximo sin preocuparse por las consecuencias en el largo plazo; nada puede hacerse con seguridad y certeza de éxito.
Guillermo Jaim Etcheverry escribió para La Nación el 17 de febrero de 2013 un delicioso ensayo breve titulado “Apresúrate lentamente”: “Sobre el recoleto claustro interior de la Universidad de Salamanca se abren siete ventanas de su legendaria biblioteca. En el antepecho de piedra de cada una están esculpidos, desde el primer tercio del siglo XVI, los siete emblemas de esa universidad española, sobre cuyo significado no cesa el debate. El sexto emblema es un enigma que posee una composición en dos secciones, separados simétricamente por una especie de candelabro ornamental. Se muestran dos anclas que tienen dos delfines estilizados enroscados en sus espigas. En las argollas de las anclas (punto de agarre de las mismas) puede verse amarradas dos maromas. En ambos lados aparecen inscripciones, en el de la izquierda puede leerse en griego clásico: ΑΕΙ ΣΠΕγΔΕ ΒΡΑΔΕΟΣ que se describe igualmente como: Σπευδε βραδεως (apresúrate despacio), y a la derecha una inscripción latina: SEMPER FESTINA LENTER.
El ancla simboliza lo sólido y estable mientras que el delfín evoca lo rápido, lo que cambia velozmente, una alegoría ya presente en monedas romanas del siglo I.
En la sociedad actual, la vida es cada vez más rápida, pese a que casi nada derivado de la rapidez tiene valor perdurable. “Apresúrate lentamente” (= Semper Festina Lenter) alude así a nuestras vidas, que hoy se despliegan en esa dimensión de aceleración permanente en que nada que no sea rápido parece tener sentido.
Al ritmo del videoclip en que se han convertido nuestras existencias, perdemos la dimensión del tiempo lento que es esencial al ser humano para frecuentar la dimensión de lentitud vinculada con la reflexión y la imaginación, en fin, con la capacidad de pensar el mundo y de pensarse. Crear supone adquirir el hábito de ingresar al sosegado tiempo lento, así como la capacidad de instalarse en él con comodidad antes de actuar.
La velocidad a la que estamos sometidos no es inocua. No sólo es fuente de estrés sino que la acumulación de opciones hace que caigamos en lo intrascendente, en lo repetitivo. Finalmente, lo que importa no es la velocidad sino la dirección...
El viejo orden se basaba en un principio trinitario (Zygmunt Bauman): territorio-Estado-nación como clave de la distribución planetaria de la soberanía y un poder vinculado a la política del Estado-nación territorial como único agente operativo. No podemos aplicar en estos momentos la sutil e irónica frase de Jorge Luis Borges “los argentinos éramos europeos en el exilio”.
En las sociedades actuales, también en la nuestra, el consumo es estimulado constantemente y la posibilidad de tomar crédito para el consumo se ha vuelto adictiva; hemos llegado a la crisis actual, entre otras cosas, por no poder pagar las cuotas de capital e intereses de la orgía de consumo.
La violencia que los medios muestran, especialmente la TV, acrecienta el horror, el miedo y los sentimientos de inseguridad al ver lo que se difunde con lujo de detalles  crímenes y  actos de violencia de todo tipo; el discurso mediático es el de la crueldad (= cruor = sangre que corre).
Estamos tomando erróneamente como hecho capital y verdadero el concepto actual de posibilidad ilimitada que es un predicado del pensamiento tecnocientífico; el pasado ya no es pertinente y está muerto; el presente es movimiento perpetuo.
La técnica produce satisfacción instantánea de los deseos en nuestra época de “satisfacción exprés” y de pulsiones recreativas. El dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto son la trilogía actual donde los valores de la tradición, las esperanzas soñadas y planeadas carecen de sentido; aquí y ahora y la ocasión parece propicia para lograr la concreción de los caprichos y la gratificación ilimitada; hay que combatir los miedos que nos amenazan y vivir en un eterno presente.
La crisis actual es planetaria y no sólo es financiera, sino política y social; la economía real no es la que domina el mundo sino la dimensión especulativa de las finanzas. La desigualdad social es muy grande, los fundamentalismos religiosos reaparecen y se duda acerca de las certezas, las verdades y los valores; seamos entusiastas y aportemos las soluciones.

Por Leonardo Strejilevich
     
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